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La regla de oro

La regla de oro

Con frecuencia oímos hablar de la regla de oro ¿Qué es? Sin conocerla hacemos alarde de ella, creemos practicarla. Cuando más lo que hacemos es cumplir a medias con La regla de Plata de Confucio: “No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”.
Todo lo que quieras que hagan por ti, hazlo tú por los otros.

Ahora bien, ¿cuál es el misterio de este proverbio?
¿Qué queremos que los otros hagan con nosotros?
– Que respeten nuestros derechos.
– A vivir como cualquier otro ciudadano.
– A pensar con nuestra cabeza.
– A militar en el partido político que nos guste.
– A creer en la religión que más nos satisfaga.
– A gozar de los mismos privilegios que gozan los demás.
Pero, ¿respetamos nosotros el derecho de los otros?

1. Que se nos atienda la necesidad.
Nos gusta gozar de simpatía en la aflicción.
Nos agrada de visita de familiares, seres queridos y amigos en la enfermedad.
En todo momento nos gusta que se nos tenga en cuenta y nos demuestren cariño y afecto.
¿Hacemos así nosotros con los demás?

2. Que se nos perdone cuando ofendemos.
Nuestras faltas siempre las vemos pequeñas.
Por lo general encontramos justificación para ellas.
Cuando pensamos que hemos ofendido, nos creemos con derecho a que se nos perdone.
Y si no se nos perdona juzgamos que el otro ha faltado.
Siempre esperamos el perdón: lo merecemos.

Pero, ¿perdonamos nosotros las ofensas de los demás?
¿Qué hacemos nosotros con los otros?

1. No tenemos en cuenta sus derechos.

Nosotros somos la única persona importante.
Los privilegios deben ser para nosotros.
De dos partes tenemos derecho a la mayor.
Nuestra opinión es la única que debe prevalecer.
Somos intransigentes con los que no piensan como nosotros, no hace ni vive como nosotros.
Llegamos hasta el desprecio y el insulto.

Pero, ¿nos gusta que nos traten así?

2. Pagamos con la misma moneda.

Al que nos insulta, lo insultamos.
Al que nos pega, le pegamos.
Al que nos desprecia, lo despreciamos.
Al que nos da un abrazo, le respondemos con otro.

Al que nos hace un banquete, le hacemos otro.
Una actitud de revancha y de reciprocidad igual.
Y, con frecuencia, las injusticias las devolvemos con mayor fuerza.

¿Nos gusta que nos traten igual?

3. Nuestra mayor virtud.

No hacer mal a nadie.
Hacer bien al que nos hace bien.
Un poquito más allá: no hacer mal al que nos hace mal.
Esa es nuestra suprema bondad, pero aun así la practicamos con enojo.

¿Nos satisface un trato semejante con nosotros?

¿Dónde está la falta?

En un corazón egoísta. La regla de oro no funciona en un corazón egoísta, sin sanar.

Dos naturalezas rigen al hombre:
1. La animal que está regida por el instinto, por el egoísmo individual.
2. La espiritual, en la cual domina el amor en todas sus manifestaciones.
En la animal solo cuenta el yo.
En la espiritual tambien el yo, pero en estrecha relacion con el otro, como dos ruedas que engranan.

El corazón animal no conoce el amor, excepto el del instinto.
En el animal en amor lo hace más egoísta.

Cómo funciona el amor en un nuevo corazón.
Cambiando en centro de la vida: de “uno” a todos. De un corazón a todos los demás corazones.
Haciendo al “otro” miembro de nuestra familia, sujeto de nuestro cariño.
Cambiando el motivo del placer de la satisfacción pasional al servicio de los demás.
Habrá mayor gozo viendo a otros gozar.
Es vivir en la dicha, en la felicidad de los demás.
Sus intereses serán nuestros intereses, sus penas nuestras penas, sus goces nuestros goces, su vida nuestra viva.

Conclusión: Todo lo que quieras que hagan por ti, hazlo tú por los otros.
¿Estamos tratando de ajustar nuestra vida a la regla de oro?

¿Cuáles son las señales en su cumplimiento? Si cumplimos con ella, ¿No será prudente examinar nuestro corazón?
Autor, E. M. Martinez

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